lunes, 7 de septiembre de 2020

Parte III COSAS DEL FUTURO:

 Parte III

COSAS DEL FUTURO:

Pastor: Carlos Ramírez Jiménez:

 

Ø Sólo porque la resurrección de Cristo garantiza la futura resurrección de los cristianos estos se ven libres del temor de la muerte (Heb. 2:14s), y

Ø Pueden contemplarla como un sueño del cual despertarán (1 Ts. 4:13s; 5:10), o

Ø También como un partir para estar con Cristo (Filp. 1:23).

El Antiguo Testamento describe el estado de los muertos como una existencia en el Seol, el sepulcro, o el mundo inferior. Pero la existencia en el Seol no es vida:

·      Es un lugar de tinieblas (Job 10:21s), y

·      De silencio (Salm. 115:17),

·      En el cual no hay memoria de Dios (Salm. 6:5; 30:9; 88:11; Is. 38:18).

·      Los muertos en el Seol se encuentran separados de Dios (Salm. 88:5), fuente de la vida.

Ayuda Hermenéutica:

H7585. שׁאוֹל ְ = sheól; o

אל ֹשׁ ְ = sheól; de H7592; hades o mundo de los muertos (como si fuera retiro subterráneo), incl. Sus accesorios y reclusos allí: Seol. (Strong)

NOTA: Gn.37:35: Seol. Se usa 65 veces en el AT., frecuentemente significa sepulcro (comp. Núm. 16:30, 33; Salm.16:10). También puede referirse al lugar a donde van los espíritus tanto de los justos (como aquí) como de los malos (compare Prov. 9:18). (VINE).

Sólo ocasionalmente se vislumbra en el Antiguo Testamento una esperanza de verdadera vida más allá de la muerte, es decir de vida fuera del alcance del Seol en la presencia de Dios (Salm. 16:10s; 49:15; 73:24; y posiblemente Job 19:25s). Probablemente el ejemplo de Enoc (Gn. 5:24, compárese Elías, 2 R. 2:11) ayudó a alentar esta esperanza. Una doctrina clara de la resurrección la encontramos únicamente en Is. 26:19; Dn. 12:2.

El Hades es el equivalente neo testamentario del Seol (Mt. 1: 1:23; 16:18; Lc. 10:15; Hch. 2:27, 31; Ap. 1:18; 6:8; 20:13s), que en la mayoría de los casos se refiere a la muerte o al poder de la muerte.

En Lc. 16:23 es el lugar de tormentos para los inicuos después de la muerte, de acuerdo con cierta corriente de pensamiento judío de la época, pero es dudoso el que este uso parabólico de ideas corrientes pueda aceptarse como enseñanza respecto al estado de los muertos. En 1 P. 3:19 se describe a los muertos que perecieron en el diluvio como los espíritus encarcelados, compárese 4:6).

Ayuda Hermenéutica:

G86. ᾅδης = hades; de 1 (como partícula neg.) y G1492; prop. no visto, i.e. «Hades» o el lugar (estado) de las almas que han partido: Hades, sepulcro.

 

NOTA: Lc.16:19-31: v.23: en el Hades: El mundo invisible en general, pero específicamente significa aquí la morada de los no salvos entre el momento de su muerte y el juicio ante el Gran Trono Blanco (Ap. 20:11-15) Véase en Ef.4:9. Al decir esto, el Señor enseñó:

1) La existencia consciente después de la muerte;

2) La realidad y los tormentos del infierno;

3) Que no hay una segunda oportunidad después de la muerte; y

4) La imposibilidad de que los muertos se comuniquen con los vivos (v.26).

Los dos hombres de esta historia ilustran:

Ø Dos vidas diferentes,

Ø Dos muertes diferentes, y

Ø Dos destinos diferentes.

La esperanza neotestamentaria para los muertos en Cristo se centra en su participación en la resurrección (1 Ts. 4:13–18), y, por lo tanto, hay escasas pruebas de alguna creencia acerca del estado intermedio”.

Los pasajes que indican o podrían indicar que los creyentes que han muerto están con Cristo son Lc. 23:43; Rom. 8:38s; 2 Cor. 5:8; Filp. 1:23, compárese Heb. 12:23. Veamos las siguientes citas Bíblicas: 

Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. (Lc.23:42)

 

Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir (Rom.8:38).

 

pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor”. (2 Cor.5:8)

 

Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor (Filp. 1:23)

 

a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los justos hechos perfectos (Heb.12:23)

El difícil pasaje de 2 Cor. 5:2–8 podría significar que Pablo concibe la existencia entre la muerte y la resurrección como una existencia incorpórea en la presencia de Cristo.

VIII. El Juicio:

El Nuevo Testamento insiste en la perspectiva del juicio divino como, además de la muerte, el único hecho inevitable en el futuro de todo hombre: Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio (Heb. 9:27). Este hecho expresa la santidad del Dios de la Biblia, cuya voluntad moral ha de prevalecer, y ante quien por lo tanto toda criatura responsable debe al final ser juzgada según que haya sido obediente o rebelde.

Cuando la voluntad de Dios finalmente prevalezca al venir Cristo, tiene que haber una separación entre los que resultan obedientes hasta el fin y los que hasta el fin permanecen rebeldes, de modo que el reino de Dios incluirá a los primeros y excluirá a los segundos para siempre jamás.

Este juicio final no ocurre durante el curso de la historia, aunque hay juicios provisionales en la historia, mientras que Dios en su paciencia da a todos los hombres el tiempo necesario para que se arrepientan (Hch. 17:30s; Rom. 2:4; 2 P. 3:9). Pero al final la verdadera posición de cada hombre delante de Dios debe salir a la luz:

·      El Juez es Dios (Rom. 2:6; Heb. 12:23; Stg. 4:12; 1 P. 1:17; Ap. 20:11) o

·      Cristo (Mt. 16:27; 25:31; Jn. 5:22; Hch. 10:42; 2 Tim. 4:1, 8; 1 P. 4:5; Ap. 22:12).

·    Es Dios quien juzga por intermedio de su agente escatológico, Cristo (Jn. 5:22, 27, 30; Hch. 17:31; Rom. 2:16).

·    El tribunal de Dios (Rom. 14:10, Versión moderna (hecha por H. B. Pratt), REV. 1929 y el tribunal de Cristo (2 Cor. 5:10) son, por lo tanto, equivalentes.

·  (El juicio encomendado a los santos, según Mt. 19:28; Lc. 22:30; 1 Cor. 6:2s; Ap. 20:4, significa la autoridad que tienen para gobernar con Cristo en su reino, no para ejercer alguna función en el juicio final).

La norma para el juicio es la justicia imparcial de Dios, de conformidad con las obras de los hombres (Mt. 16:27; Rom. 2:6, 11; 2 Tim. 4:14; 1 P. 1:17; Ap. 2:23; 20:12; 22:12). Esto es verdad aun para los creyentes:

Ø “Es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2 Cor. 5:10):

·    El juicio será de acuerdo a la luz de que haya disfrutado cada hombre (compárese Jn. 9:41);

·      Según que tengan o no la ley de Moisés (Rom. 2:12), o

·      El conocimiento natural de las normas morales de Dios (Rom. 2:12–16);

·      Pero amparándose en estas normas ningún hombre podrá ser declarado justo delante de Dios de acuerdo a sus obras (Rom. 3:19s).

·   No hay ninguna esperanza para el hombre que procure justificarse a sí mismo en el juicio.

Hay esperanza, sin embargo, para el hombre que procura obtener su justificación de Dios (Rom. 2:7). El evangelio revela aquella justicia que no se demanda de los hombres sino que es dada a los hombres por intermedio de Cristo. En la muerte y resurrección de Cristo, Dios en su misericordioso amor ya ha dictado su sentencia escatológica a favor de los pecadores, absolviéndolos por amor a Cristo, ofreciéndoles en Cristo aquella justicia que ellos nunca hubieran podido lograr.

Así el hombre que tiene fe en Cristo está libre de toda condenación (Jn. 5:24; Rom. 8:33s). El criterio final en el juicio es, por lo tanto, la relación del hombre con Cristo (compárese Mt. 10:32s). Este es el significado del libro de la vida (Ap. 20:12, 15; es decir el libro de la vida del Cordero, Ap. 13:8).

Lo que Pablo quiere decir en su doctrina de la justificación es que en Cristo, Dios ha anticipado el veredicto del juicio final, y ha dictado la absolución de los pecadores que confíen en Cristo. Muy similar es la doctrina de Juan de que el juicio se lleva a cabo en el momento en que los hombres creen o no creen en Cristo (Jn. 3:17–21; 5:24).

El juicio final sigue siendo un hecho escatológico, incluso para los creyentes (Rom. 14:10), si bien pueden hacerle frente sin temor (1 Jn. 4:17). Esperamos ser absueltos en el juicio final (Gál. 5:5), y recibir la corona de justicia (2 Tim. 4:8), sobre la base de la misma misericordia de Dios por medio de la cual ya hemos sido absueltos (2 Tim. 1:16).

Pero, aun para el cristiano, las obras no dejan de tener su lugar (Mt. 7:1s, 21, 24–27; 25:31–46; Jn. 3:21; 2 Cor. 5:10; Stg. 2:13), desde el momento que la justificación no abroga la necesidad de la obediencia, sino que precisamente la hace posible por primera vez.

La justificación es el fundamento, pero lo que los hombres edifican sobre ella queda expuesto a juicio (1 Cor. 3:10–15):

 

NOTA: VV. 10-15: Este pasaje se refiere al Tribunal [bema] de Cristo (compare 2 Cor.5:10). Las obras de las que se hace examen aquí, nada tienen que ver con ganar o perder la Salvación. Las recompensas (o la perdida de ellas) pertenecen solamente a los cristianos.


Ø Si la obra de alguno se quemare, él sufrirá pérdida, si bien él mismo será salvo, aunque, así como por fuego (3:15).

V. 15: sufrirá perdida. I, es, de recompensa, no de Salvación, como se aclara en la última parte del versículo.

IX.    EL Infierno:

El destino final de los malos es el infierno”, que es la traducción del griego Gehenna, que viene del hebreo ge-hinnom, valle de Hinom”. Originalmente esto describía un valle en las afueras de Jerusalén, donde se ofrecían sacrificios de niños a Moloc (2 Cron. 28:3; 33:6). Se convirtió en símbolo de juicio en Jr. 7:31–33; 19:6s, y en la literatura intertestamentario en término para el infierno de fuego escatológico.

En el Nuevo Testamento el infierno aparece como:

·      Un lugar de fuego inextinguible o eterno (Mr. 9:43, 48; Mt. 18:8; 25:30), y

·      Del gusano que no muere (Mr. 9:48),

·      Lugar de lloro y crujir de dientes (Mt. 8:12; 13:42, 50; 22:13; 25:30),

·      Las tinieblas de afuera (Mt. 8:12; 22:13; 25:30), (compárese 2 P. 2:17; Jud. 13), y

·      El lago de fuego y azufre (Ap. 19:20; 20:10, 14s; 21:8; comp.14:10).

·      El libro de Apocalipsis lo considera como la segunda muerte (Ap. 2:11; 20:14; 21:8).

·      Es el lugar donde se destruyen tanto el cuerpo como el alma (Mt. 10:28).

Los cuadros neo testamentarios del infierno son notablemente moderados en comparación con la apocalíptica judaica y con los escritos cristianos posteriores. Las imágenes usadas se derivan especialmente de Is. 66:24, compárese Mr. 9:48 y Gn. 19:24, 28; Is. 34:9s, compárese Ap. 14:10s; también Jud. 7; Ap. 19:3).

Evidentemente no se deben tomar literalmente pero no obstante indican el terror y el carácter irrevocable de la condenación al infierno, que se describe menos metafóricamente como exclusión de la presencia de Cristo (Mt. 7:23; 25:41; 2 Ts. 1:9).

Las imágenes de Ap. 14:10s; 20:10 (compárese 19:3) probablemente no deban ser usadas al extremo para probar la existencia del tormento eterno, pero el Nuevo Testamento enseña claramente la destrucción eterna (2 Ts. 1:9) o el castigo (Mt. 25:46), de lo cual no puede haber liberación alguna.

El infierno es el destino de todos los poderes de maldad:

Ø Satanás (Ap. 20:10),

Ø Los demonios (Mt. 8:29; 25:41),

Ø La bestia y el falso profeta (Ap. 19:20),

Ø La muerte y el Hades (Ap. 20:14).

Es el destino de los hombres solamente porque se han identificado con el mal. Es importante notar que no existe ninguna simetría acerca de los dos destinos de los hombres:

·      El reino de Dios ha sido preparado para los redimidos (Mt. 25:34),

·      Pero el infierno ha sido preparado para el diablo y sus ángeles (Mt. 25:41), y

·   Se convierte en destino de los hombres solamente porque han rechazado su verdadero destino, el que Dios les ofrece en Cristo.

La doctrina neotestamentaria sobre el infierno, como toda la escatología del Nuevo Testamento, no es nunca mera información; es la advertencia que se hace en el contexto del llamado del evangelio al arrepentimiento y la fe en Cristo.

La enseñanza del Nuevo Testamento acerca del infierno no se puede reconciliar con un universalismo absoluto, la doctrina de la salvación final de todos los hombres. El elemento de verdad en esta doctrina es que Dios desea la salvación de todos los hombres (1 Tim. 2:4), y que entregó a su Hijo para la salvación del mundo (Jn. 3:16).

Por consiguiente, la meta cósmica de la acción escatológica de Dios en Cristo puede describirse en términos universalistas (Ef. 1:10; Col. 1:20; Ap. 5:13). El error del universalismo dogmático es idéntico al de la doctrina simétrica de predestinación doble:

Ø Que abstraen su doctrina escatológica del debido contexto Neo testamentario en la proclamación del evangelio.

Ø Privan al mensaje de su urgencia y su desafío escatológicos.

El evangelio presenta a los hombres su verdadero destino en Cristo, y les advierte con toda seriedad en cuanto a la consecuencia de equivocar dicho destino.

X.     El Milenio:

La interpretación del pasaje en Ap. 20:1–10, que describe un período de mil años (conocido como el milenio”) en el cual Satanás es atado y los santos reinan con Cristo antes del juicio final, ha sido tema de desacuerdo entre los cristianos desde hace mucho tiempo:

 

·         El amilenarismo considera el milenio como un símbolo de la era de la iglesia, y equipara la reclusión de Satanás con la obra de Cristo en el pasado (Mt. 12:29). El posmilenarismo lo considera como un futuro período de éxito para el evangelio en la historia antes de la venida de Cristo.


·         El premilenarismo lo considera como un período entre la venida de Cristo y el juicio final. (El término “quiliasmo” también se usa para describir este enfoque, especialmente en formas que recalcan el aspecto materialista del milenio).

El premilenarismo puede subdividirse aún más. Existe lo que a veces se denomina premilenarismo histórico”, que considera el milenio como una etapa más en la realización del reino de Cristo, una etapa intermedia entre la era de la iglesia y la que ha de venir. (A veces se interpreta que 1 Cor. 15:23–28 apoya esta idea de tres etapas en el cumplimiento de la obra redentora de Cristo).

El Dispensacionalismo”, por otro lado, enseña que el milenio no es una etapa en la obra redentora universal y única de Dios en Cristo, sino específicamente un período en el cual las promesas veterotestamentarias a la nación de Israel han de cumplirse de un modo estrictamente literal.



Es preciso destacar que no hay otro pasaje de las Escrituras que con claridad se refiera al milenio. Aplicar profecías del Antiguo Testamento que se refieren a la era de la salvación específicamente al milenio contradice la interpretación general que de tales profecías hace el Nuevo Testamento, que se consideran cumplidas en la salvación ya lograda por Cristo, y que han de completarse en la era venidera. Esta es, también, la forma en que interpreta el libro de Apocalipsis tales profecías en los capítulos 21s. En la estructura del Apocalipsis el milenio tiene un papel limitado, como demostración de la victoria final de Cristo y sus santos sobre los poderes del mal. El objeto principal de la esperanza cristiana no es el milenio sino la nueva creación de Ap. 21s.

Algunos escritos apocalípticos judíos esperan un reino preliminar del Mesías sobre esta tierra anterior a la era venidera, y es muy probable que Juan haya adaptado dicha esperanza. Existen fuertes razones exegéticas para considerar el milenio como la consecuencia de la venida de Cristo descripta en Ap. 19:11–21. (Véase G. R. Beasley-Murray, The Book of Revelation, NCBNCB New Century Bible = El Libro de Biblia de Apocalipsis, NCBNCB Nuevo de Siglo, 1974, página(s) 284–298.) Esto favorece al premilenarismo histórico”, pero también es posible que la imagen del milenio se tome en forma demasiado literal cuando se lo considera como un período de tiempo preciso.

Sea que se lo considere como un período de tiempo o como un símbolo amplio de lo que significa la venida de Cristo, el significado teológico del milenio es el mismo. Expresa la esperanza del triunfo final de Cristo sobre el mal, y la vindicación con él de su pueblo, los que han sufrido bajo la tiranía del mal en esta era presente.

 

·         Postmilenialismo:

La perspectiva postmilenialistas fue particularmente popular en el siglo diecinueve y fue sostenida por los grandes teólogos de finales del siglo diecinueve y comienzos del siglo veinte. La ocasión para este enfoque es digna de mención, ya que siguió a un periodo de optimismo y progreso en la ciencia, la cultura y el nivel de vida en general. Fue también antes de las dos Guerras Mundiales. El Postmilenialismo declinó considerablemente después de la segunda guerra mundial porque las conflagraciones militaron contra el optimismo de la doctrina.

El Postmilenialismo puede definirse como Esa perspectiva de las últimas cosas que sostiene que el Reino de Dios está ahora siendo extendido en el mundo a través de la predicación del Evangelio y el trabajo salvador del Espíritu Santo en los corazones de las personas y que el mundo eventualmente va a ser Cristianizado, y que el retorno de Cristo ocurre al final de un largo periodo de justicia y paz llamado comúnmente el Milenio". (Loraine Boettner, El Milenio (Filadelfia: Presbyterian & Reformed, 1966), pág. 14.  Ver pág. 3-105 para una definitiva y representativa posición del Postmilenialismo).

El término Postmilenialismo significa que Cristo retornará después del Milenio. La presente edad se desarrollará moral y espiritualmente hasta que concluya en la edad milenial, con Cristo retornando a la tierra en la conclusión del Milenio.

XI.    La Nueva Creación:

La meta final de los propósitos de Dios para el mundo incluye, negativamente, la destrucción de todos los enemigos de Dios:

Ø Satanás, el pecado y la muerte, y la eliminación de toda forma de sufrimiento (Ap. 20:10, 14–15; 7:16s; 21:4; Is. 25:8; 27:1; Rom. 16:20; 1 Cor. 15:26, 54).

Ø En lo positivo, el gobierno de Dios finalmente prevalecerá totalmente (Zc. 14:9; 1 Cor. 15:24–28; Ap. 11:15), de manera que en Cristo serán reunidas todas las cosas (Ef. 1:10), y Dios será todo en todos (1 Cor. 15:28).

Con la final obtención de la salvación humana vendrá también la liberación de toda la creación material de la parte que le cupo en la maldición del pecado (Rom. 8:19–23). La esperanza cristiana no consiste en ser redimido del mundo, sino en la redención del mundo. Como consecuencia del juicio (Heb. 12:26; 2 P. 3:10) surgirá un universo creado de nuevo (Ap. 21:1; compárese Is. 65:17; 66:22; Mt. 19:28), cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia (2 P. 3:13):

·      El destino de los redimidos es ser como Cristo (Rom. 8:29; 1 Cor. 15:49; Filp. 3:21; 1 Jn. 3:2),

·      Estar con Cristo (Jn. 14:3; 2 Cor. 5:8; Filp. 1:23; Col. 3:4; 1 Ts. 4:17),

·      Compartir su gloria (Rom. 8:18, 30; 2 Cor. 3:18; 4:17; Col. 3:4; Heb. 2:10; 1 P. 5:1) y su reino (1 Tim. 2:12; Ap. 2:26s; 3:21; 4:10; 20:4, 6);

·      Ser hijos de Dios en perfecta comunión con él (Ap. 21:3, 7),

·      Adorar a Dios (Ap. 7:15; 22:3),

·      Ver a Dios (Mt. 5:8; Ap. 22:4),

·      Conocerle cara a cara (1 Cor. 13:12).

·   La fe, la esperanza, y especialmente el amor, son las características permanentes de la existencia cristiana que subsisten aun en la perfección de la era venidera (1 Cor. 13:13),

·    Mientras que justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo configuran cualidades igualmente permanentes del disfrute de Dios por parte del hombre (Rom. 14:17).

La vida corporativa de los redimidos con Dios se describe en una serie de cuadros:

Ø El banquete escatológico (Mt. 8:11; Mr. 14:25; Lc. 14:15–24; 22:30) o

Ø La fiesta de bodas (Mt. 25:10; Ap. 19:9),

Ø El paraíso restaurado (Lc. 23:43; Ap. 2:7; 22:1s),

Ø La nueva Jerusalén (Heb. 12:22; Ap. 21).

Todos estos no son más que cuadros, ya que:

 

 Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman (1 Cor. 2:9).

En Jesucristo, la Deidad (la Naturaleza y los Atributos Divinos) habitaban en Su cuerpo terrenal, una fuerte declaración de la Deidad y de la humanidad del Dios-hombre.

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Nota y Bibliografía:

1)     prolegómeno. (Del gr. προλεγμενα, preámbulos). m. Tratado que se pone al principio de una obra o escrito, para establecer los fundamentos generales de la materia que se ha de tratar después. U. m. en pl. || 2. Preparación, introducción excesiva o innecesaria de algo. U. m. en pl. Déjate de prolegómenos y ve al grano. Microsoft® Encarta® 2009.

-    e-Sword-the. LEDD.

-    Biblia de Estudio RYRIE.

-    Pastor: Carlos Ramírez Jiménez. 6-09-2020. Tumbes. (Clave: 97).




Parte II: COSAS DEL FUTURO:

 Parte II

COSAS DEL FUTURO:

Pastor: Carlos Ramírez Jiménez:

Sin embargo, la línea divisoria entre la era antigua y la nueva no corre sencillamente entre la iglesia y el mundo; corre a través de la iglesia y a través de la vida del cristiano individual. Estamos siempre en proceso de transición del antiguo al nuevo, viviendo en tensión escatológica entre el ya y el todavía no”. Somos salvos, y no obstante seguimos aguardando la salvación. Dios nos ha justificado, es decir ha anticipado el veredicto del juicio final al declararnos absueltos por medio de Cristo.

Sin embargo. Todavía aguardamos por fe la esperanza de la justicia (Gál. 5:5). Dios nos ha dado el Espíritu por medio del cual compartimos la vida de resurrección de Cristo. Pero el Espíritu es solamente el primer anticipo (2 Cor. 1:22; 5:5; Ef. 1:14) de la herencia escatológica, el pago inicial que garantiza el pago total. El Espíritu constituye las primicias (Rom. 8:23) de la cosecha total.

Por lo tanto, en la presente existencia cristiana todavía conocemos lo que significa la lucha entre la carne y el Espíritu (Gál. 5:13–26), entre la naturaleza que heredamos del primer Adán y la nueva naturaleza que recibimos del postrer Adán, Todavía estamos a la espera de la redención de nuestro cuerpo en el momento de la resurrección (Rom. 8:23; 1 Cor. 15:44–50), y la perfección sigue siendo la meta hacia la cual proseguimos (Filp. 3:10–14). La tensión entre el ya y el todavía no representa una realidad existencial de la vida cristiana.

Por esta misma razón la vida cristiana incluye el sufrimiento. En esta era los cristianos necesariamente deben compartir los sufrimientos de Cristo, para que en la era futura puedan compartir su gloria (Hch. 14:22; Rom. 8:17; 2 Cor. 4:17; 2 Ts. 1:4s; Heb. 12:2; 1 P. 4:13; 5:10; Ap. 2:10), es decir la gloria pertenece al todavía no de la existencia cristiana.

Esto se debe tanto al hecho de que todavía estamos en este cuerpo mortal, como también porque la iglesia aún permanece en el mundo donde Satanás tiene el dominio. Por lo tanto, su misión es inseparable de la persecución, así como lo fue la de Cristo (Jn. 15:18–20).

Es importante notar que la escatología del Nuevo Testamento nunca se reduce a mera información acerca del futuro. La esperanza futura siempre tiene pertinencia para la vida cristiana presente. Por este motivo se la toma repetidamente como base para las exhortaciones para que la vida cristiana concuerde con la esperanza cristiana (Mt. 5:3–10, 24s; Rom. 13:11–14; 1 Cor. 7:26–31; 15:58; 1 Ts. 5:1–11; Heb. 10:32–39; 1 P. 1:13; 4:7; 2 P. 3:14; Ap. 2s).

La vida cristiana se caracteriza por su orientación hacia el momento cuando el gobierno de Dios ha de prevalecer finalmente en todo el universo (Mt. 6:10), y por consiguiente los cristianos han de representar esa realidad frente a todo el dominio aparente de la iniquidad en la era actual. Han de esperar aquel día en solidaridad con el vehemente deseo de la creación toda (Rom. 8.18–25; 1 Cor. 1:7; Jud. 21), y han de sufrir aguantando con paciencia las contradicciones de la hora actual. La capacidad de resistir es la virtud que el Nuevo Testamento más a menudo asocia con la esperanza cristiana (Mt. 10:22; 24:13; Rom. 8:25; 1 Ts. 1:3; 2 Tim. 2:12; Heb. 6:11s; 10:36; Stg. 5:7–11; Ap. 1:9; 13:10; 14:12).

A través de la tribulación de la presente era, el cristiano aguanta, incluso regocijándose (Rom. 12:12), con la fortaleza de la esperanza que, fundada en la resurrección del Cristo crucificado, le asegura que el camino de la cruz es el camino hacia el reino. El creyente cuya esperanza está cimentada en los valores permanentes del futuro reino de Dios se verá liberado de la esclavitud en la que viven los materialistas de este mundo (Mt. 6:33; 1 Cor. 7:29–31; Filp. 3:18–21; Col. 3:1–4):

Ø El cristiano cuya esperanza es que Cristo finalmente lo presentará perfecto delante de su Padre (1 Cor. 1:8; 1 Ts. 3:13; Jud. 24) se esforzará por alcanzar esa perfección en el presente (Filp. 3:12–15; Heb. 12:14; 2 P. 3:11–14; 1 Jn. 3:3).

Ø Ha de vivir en constante vigilancia (Mt. 24:42–44; 25:1–13; Mr. 13:33–37; Lc. 21:34–36; 1 Ts. 5:1–11; 1 P. 5:8; Ap. 16:15),

Ø Como siervo que espera diariamente el regreso de su amo (Lc. 12:35–48).

La esperanza cristiana no es utópica. El reino de Dios no se construye mediante el esfuerzo humano; es obra de Dios mismo. No obstante, puesto que el reino representa la consumación perfecta de la voluntad de Dios para la sociedad humana, será a la vez el móvil para la acción social cristiana en el presente. En la hora actual el reino se anticipa principalmente en la iglesia, la comunidad de aquellos que reconocen al Rey, pero la acción social cristiana para el cumplimiento de la voluntad de Dios en el seno de la sociedad en general será también señal del reino que se avecina.

Los que oran por la venida del reino (Mt. 6:10) no pueden menos que poner por obra dicha oración hasta donde les sea posible. Lo harán, sin embargo, con ese realismo escatológico que reconoce que todos los anticipos del reino en esta eran serán provisorios e imperfectos, que el reino venidero no debe nunca confundirse con las estructuras sociales y políticas de la presente era (Lc. 22:25–27; Jn. 18:36), y estas últimas con frecuencia incluirán oposición satánica al reino (Ap. 13:17).

De esta manera los cristianos no sufrirán desilusión ante los fracasos humanos, sino que persistirán en su confianza en la promesa de Dios. El utopismo humano tiene que redescubrir su verdadera meta en la esperanza cristiana, y no a la inversa.

IV.    Señales De Los Tiempos:

El Nuevo Testamento sostiene insistentemente que la venida de Cristo es inminente (Mt. 16:28; 24:33; Rom. 13:11s; 1 Cor. 7:29; Stg. 5:8s; 1 P. 4:7; Ap. 1:1; 22:7, 10, 12, 20). Esta inminencia temporal, sin embargo, está condicionada por la creencia de que antes deben producirse ciertos acontecimientos (Mt. 24:14; 2 Ts. 2:2–8), y especialmente por la clara enseñanza de que la fecha del fin no puede ser conocida de antemano (Mt. 24:36, 42; 25:13; Mr. 13:32s; Hch. 1:7). Todo cálculo queda eliminado, y los creyentes viven en diaria expectativa precisamente porque la fecha no puede ser conocida.

La inminencia tiene menos que ver con fechas que con la relación teológica entre el cumplimiento futuro, y la historia pasada de Cristo y la situación actual de los cristianos. El ya promete, garantiza, exige el todavía no”, de manera que la venida de Cristo ejerce una presión continua sobre el presente, haciendo que la vida cristiana se oriente hacia ella.

Esta relación teológica explica el característico escorza miento de la perspectiva en la profecía de Jesús sobre el juicio de Jerusalén (Mt. 24; Mr. 13; Lc. 21) y en la profecía de Juan acerca del juicio de la Roma pagana (Ap.); estos dos juicios se vislumbran como acontecimientos relacionados con el triunfo final del reino de Dios, por la sencilla razón de que teológicamente lo son, cualquiera sea el lapso cronológico entre ellos y el fin. Es precisamente porque se acerca el reino de Dios que los poderes de este mundo son juzgados incluso en el transcurso de la historia de esta era. Todos los juicios de esta naturaleza constituyen anticipos del juicio final.

Porque es el futuro de la iglesia, la venida de Cristo debe servir de inspiración a la iglesia actual, sea cual fuere la cercanía o lejanía del momento de su realización. Por lo tanto, en este sentido, la esperanza cristiana en el Nuevo Testamento no se ve afectada por la supuesta tardanza de la parusía”, que algunos entendidos han creído ver como un importante aspecto de la formulación teológica cristiana primitiva. La tardanzase refleja explícitamente sólo en 2 P. 3:1–10, también Jn. 21:22s: allí se demuestra que ella tiene su propia base lógica en la paciente longanimidad de Dios, compárese Rom. 2:4).

Algunos exegetas creen que el Nuevo Testamento ofrece señales por medio de las cuales la iglesia será advertida en cuanto a la proximidad del fin (compárese Mt. 24:3). Lo que más apoya esta idea es la parábola de Jesús basada en la higüera, con la lección que se desprende de ella (Mt. 24:32s; Mr. 13:28s; Lc. 21:28–31).

Sin embargo, las señales de referencia parecen ser ya sea la caída de Jerusalén (Lc. 21:5–7, 20–24), que, si bien advierte en cuanto al acercamiento del fin, no proporciona ninguna indicación temporal, o características de toda esta era desde la resurrección de Cristo hasta el fin:

·      Falsos enseñadores (Mt. 4:4s, 11, 24s; compárese 1 Tim. 4:1; 2 Tim. 3:1–9; 2 P. 2:1–3; 1 Jn. 2:18s; 4:3);

·      Guerras (Mt. 24:6s), compárese Ap. 6:4);

·      Catástrofes naturales (Mt. 24:7, compárese Ap. 6:5–8);

·      Persecución de la iglesia (Mt. 24:9s, compárese Ap. 6:9–11), y

·      La predicación mundial del evangelio (Mt. 24:14).

Todas estas son señales mediante las cuales la iglesia en cada período de la historia sabe que vive en la época del fin, pero no proporcionan una cronología escatológica. Únicamente la venida de Cristo en sí misma constituye inequívocamente el fin (Mt. 24:27–30).

No obstante, el Nuevo Testamento afirma que el período de testimonio de la iglesia alcanza un punto culminante y final con la aparición del anticristo y una época de tribulación sin precedentes (Mt. 24:21s; Ap. 3:10; 7:14). No hay duda de que el hecho de la no aparición del anticristo constituye para Pablo una indicación de que el fin todavía no está a las puertas (2 Ts. 2:3–12).

El anticristo representa el principio de la oposición satánica al gobierno de Dios en forma. Activa a través de la historia (por ejemplo, en la persecución de creyentes judíos bajo Antíoco Epífanes: Dn. 8:9–12, 23–25; 11:21ss), pero especialmente en los últimos tiempos, la edad de la iglesia (1 Jn. 2:18).

La victoria de Cristo sobre el mal, ya lograda en principio, se manifiesta en esta edad principalmente en el testimonio de sufrimiento de la iglesia; solamente cuando llegue el fin será completa su victoria por la eliminación de los poderes de la iniquidad. Por lo tanto, en esta edad el éxito del testimonio de la iglesia siempre va acompañado por una creciente violencia en la oposición satánica (compárese Ap. 12):

Ø El mal alcanzará su crescendo final en el último anticristo, quien es a la vez un falso mesías o profeta, inspirado por Satanás para obrar falsos milagros (2 Ts. 2.9, compárese Mt. 24:24; Ap. 13:11–15), y

Ø Un poder político persecutorio que en forma blasfema se adjudica honores divinos (2 Ts. 2:4, compárese Dn. 8:9–12, 23–25; 11:30–39; Mt. 24:15; Ap. 13:5–8).

Es digno de notar que, mientras Pablo provee un bosquejo de esta última personificación humana de la iniquidad (2 Ts. 2:3–12), otras referencias neo testamentarios encuentran que el anticristo ya está presente en ciertos enseñadores heréticos (1 Jn. 2:18s, 22; 4:3) o en las pretensiones político-religiosas del imperio romano al perseguir a la iglesia (Ap. 13). La culminación final se anticipa en cada gran crisis de la historia de la iglesia.

V.     La Venida De Cristo:

La esperanza cristiana se centra en la Venida de Cristo, que puede describirse como su segunda venida (Heb. 9:28):

·      Por consiguiente, la expresión veterotestamentarias, el *día de Jehová”,

·  Que en Nuevo Testamento se usa para describir el acontecimiento relacionado con el cumplimiento final (1 Ts. 5:2; 2 Ts. 2:2; 2 P. 3:10, compárese el día de Dios”, 2 P. 3:12; aquel gran día del Dios Todopoderoso”, Ap. 16:14),

·    Es característicamente el día del Señor Jesús (1 Cor. 5:5; 2 Cor. 1:14, compárese 1 Cor. 1:8; Filp. 1:6, 10; 2:16).

La Venida De Cristo Se Conoce Como:

Ø Su paruséa = (“venida”),

Ø Su apokalypsis = (“revelación”), y

Ø Su epifaneia = (“aparición”).

 

1- La palabra paruséa significa presencia o llegada”, y se usaba en el griego helenístico para las visitas de dioses y gobernantes.

 

2- La paruséa de Cristo será la venida personal del mismo Jesús de Nazaret que ascendió al cielo (Hch. 1:11); pero será un acontecimiento universalmente evidente (Mt. 24:27), una venida en poder y gloria (Mt. 24:30), para destruir al anticristo y la iniquidad (2 Ts. 2:8), para reunir a su pueblo, tanto los vivos como los muertos (Mt. 24:31; 1 Cor. 15:23; 1 Ts. 4:14–17; 2 Ts. 2:1), y para juzgar al mundo (Mt. 25:31; Stg. 5:9).

 

3- Su venida será, también, un apokalypsis, un quitar el velo”, una revelación”, cuando el poder y la gloria que ahora le son propios en virtud de su exaltación y sesión celestial (Filp. 2:9; Ef. 1:20–23; Heb. 2:9) serán revelados ante todo el mundo. El reinado de Cristo como Señor, actualmente invisible al mundo, se hará visible en ese momento por su apokalypsis.

 

4- G2015. ἐπιφάνεια = epifáneia; de G2016; manifestación, i.e. (espec.) la venida de Cristo (pasada o futura): manifestación, aparición, resplandor, venida. (Strong)

En castellano, epifanía; lit.: “resplandecimiento”. Se usaba de la aparición de un dios a los hombres, y de un enemigo a un ejército en el campo.

En El Nuevo Testamento Se Usa:

(a) De la Venida del Salvador cuando el Verbo se hizo carne (2 Tim.1:10;

(b) De la Venida del Señor Jesús en gloria del Señor Jesús como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente (Mt.24:27), inmediatamente posterior a la revelación, apokalupsis, de su parousia en el aire con sus santos (2 Ts.2:8; Tit. 2:13).

Nota: El Verbo faino se traduce como aparición en Mt.2:7 en la RVR, y como el tiempo en que apareció en la VM. (VINE).

VI.    La Resurrección:

A la venida de Cristo, los creyentes que hayan muerto serán levantados (1 Cor. 15:23; 1 Ts. 4:16), y los que vivan en ese momento serán transformados (1 Cor. 15:52, compárese 1 Ts. 4:17), e. d, pasarán a la misma vida de resurrección que los otros sin morir.

La creencia en la resurrección de los muertos ya se evidencia en algunos textos del Antiguo Testamento (Is. 25:8; 26:19; Dn. 12:2), y es tema común en la literatura intertestamentario. Tanto Jesús (Mr. 12:18–27) como Pablo (Hch. 23:6–8) concordaban en este punto con los fariseos contra los saduceos, quienes negaban que hubiese resurrección.

Sin embargo, la esperanza cristiana de la resurrección está decisivamente basada en la resurrección de Jesús, de donde Dios es conocido como:

·      El Dios que resucita a los muertos (2 Cor. 1:9).

·    Jesús, en su resurrección, quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad (2 Tim. 1:10).

·      Él es el que vive”, que murió y ahora vive por los siglos de los siglos, el que tiene las llaves de la muerte (Ap. 1:18).

La resurrección de Jesús no fue una mera reanimación de un cadáver. Fue un ingreso en la vida escatológica, a una existencia transformada, fuera del alcance de la muerte. En ese sentido, fue el comienzo de la resurrección escatológica (1 Cor. 15:23). El hecho de que Jesús haya resucitado ya garantiza la futura resurrección de los creyentes cuando él venga (Rom. 8:11; 1 Cor. 6:14; 15:20–23; 2 Cor. 4:14; 1 Ts. 4:14).

La vida escatológica, la vida del Cristo resucitado, ya les es comunicada a los creyentes en esta vida por su Espíritu (Jn. 5:24; Rom. 8:11; Ef. 2:5s; Col. 2:12; 3:1), y esto también es garantía de su futura resurrección (Jn. 11:26; Rom. 8:11; 2 Cor. 1:22; 3:18; 5:4s). Pero la transformación del creyente por el Espíritu a la gloriosa imagen de Cristo es incompleta en esta era, porque su cuerpo sigue siendo mortal.

La futura resurrección será la consumación de su transformación a la imagen de Cristo, que ha de caracterizarse por la incorrupción, la gloria, y el poder (1 Cor. 15:42–44). La vida de resurrección no es carne y sangre (1 Cor. 15:20) sino un cuerpo espiritual (1 Cor. 15:44), es decir un cuerpo enteramente vitalizado y transformado por el Espíritu del Cristo resucitado. De la lectura de 1 Cor. 15:35–54 queda aclarado que la continuidad entre la existencia presente y la vida de resurrección es la continuidad de la identidad personal, independiente de la identidad física.

Según el pensamiento neo testamentario, la inmortalidad pertenece intrínsecamente tan sólo a Dios (1 Tim. 6:16), mientras que los hombres, por descender de Adán, son naturalmente mortales (Rom. 5:12). La vida eterna es la dádiva de Dios a los hombres por medio de la resurrección de Cristo. Solamente en Cristo y por medio de su futura resurrección podrán los hombres adquirir aquella plena vida escatológica que existe más allá del alcance de la muerte. La resurrección es, pues, equivalente a la consecución final de la salvación escatológica por el hombre.

Por consiguiente, los condenados no serán resucitados en este sentido pleno de resurrección a la vida eterna:

Ø La resurrección de los condenados se menciona sólo ocasionalmente en las Escrituras (Dn. 12:2; Jn. 5:28s; Hch. 24:15; Ap. 20:5, 12s, compárese Mt. 12:41s),

Ø Como el medio de su condenación en el juicio.

VII.   El Estado De Los Muertos:

La esperanza cristiana para la vida más allá de la muerte no está basada en la creencia de que una parte del ser humano sobrevive la muerte. Todos los hombres, por su descendencia de Adán, son naturalmente mortales. La inmortalidad es el don de Dios, que será alcanzado a través de la resurrección de la totalidad de la persona.

Por lo tanto, la Biblia toma muy en serio la cuestión de la muerte, y no la considera una ilusión:

·      Es la consecuencia del pecado (Rom. 5:12; 6:23),

·      Un mal (Dt. 30:15, 19),

·      Del cual los hombres huyen aterrorizados (Salm. 55:4s).

·      Es enemigo de Dios y el hombre, y

·      La resurrección es, pues, la gran victoria de Dios sobre la muerte (1 Cor. 15:54–57).

La muerte es el postrer enemigo que será destruido (1 Cor. 15:26), abolido, en principio, mediante la resurrección de Cristo (2 Tim. 1:10), para ser definitivamente destruido en el día final (Ap. 20:14, compárese Is. 25:8).

 

Y la muerte y el Hades fueron lanzados al lago de fuego. Esta es la muerte segunda”. (Ap.20:14).


Véase Parte III.